4/21/2005

LULON

Dice hoy cierta prensa que "la mayor pelea del conclave (para elegir nuevo Papa) fué con la estufa", osea que estos del Vaticano como todos, unos mantas, porque cuando se pusieron a hacer la "fumata" ahumaron la Capilla Sixtina a base de de bien, y encima no se sabia si era blanca o negra. Despues vas de visita y una vez alli no te dejan hablar, respirar lo justo, nada de hacer fotos y menos con flash, no mires detenidamente ninguna pintura porque estan recien restauradas y sufren...y van estos cantamañanas (con perdon) y para anunciar que estas alli, queman las papeletas y meten el humo para dentro y despues hacen misa rodeados de velas. Un contrasentido, como la propia eleccion de Papa, o es que posiblemente ha de ser asi, y no son tan malos como los pinta Vicente. (ni tan buenos como los quiere Emilio).

Salud camaradas
Alvaro
P.D.: Me quedo con la historia de Lulon que cuenta Isabel Coto hoy en La Nueva España. Hoy jueves, San Anselmo de Canterbury, muy conocido para los que leen a Umberto Eco o hayan visto en el cine El Nombre de la Rosa, gran tertulia.



(...)«En una aldea de Asturias, de cuyo nombre no podría olvidarme» vivía hace algún tiempo un paisano de los de pantalón remendado, chaqueta de pana de indefinible color y boina de fieltro de negro desvaído por las muchas jornadas de trabajo a la intemperie. Lulón de «Velao», típico en su atuendo, encarnaba también algunos de los caracteres y valores de los campesinos de su generación, y tenía esa socarronería tan asturiana especialmente acentuada. Le gustaba desconcertarnos -a los niños del pueblo- preguntando: «¿Quién soy?». Si decíamos «Lulo Velao», él replicaba muy serio: «¡Cómo! Yo soy don Manuel de WenceslaoÉ», pero si contestábamos «Don Manuel», ponía la mano tras la oreja haciendo de trompetilla y decía: «¿Qué dices, nin? Nun te rías de un probe, que you nun tengo don, soy Lulón». Siempre tenía alguna frase irónica con que apostillar cualquier comentario. (La ironía, cuando sabe detenerse en los umbrales de la burla despiadada, es una de las más brillantes respuestas de la inteligencia humana ante el absurdo de la existencia y ante las injusticias de la vida).

Era Lulón, sin embargo, un tanto anacrónico en su tiempo, y tenía fama de raro entre sus vecinos. Se negaba a todo cambio o avance tecnológico, hasta el punto de no tener luz eléctrica en su casa (decía que sólo podría traer incendios y desgracias) y tampoco había querido cambiar la vieja llariega por la práctica cocina de hierro. Pero había un invento que parecía causar en él gran admiración y maravilla: muchas noches, especialmente en las largas veladas del invierno, llamaba a la puerta de mi casa para escuchar la radio a la hora del «parte». A veces, cuando no estaba aún encendida, mi padre, sabedor de su invencible miedo a la «corriente», le pedía: «Lulo, fáigame el favor de enchufar la radio». Y él, con un temeroso respeto, como si rindiese un obligado tributo a la magia que iba a permitirle escuchar aquellas voces lejanas, se quitaba la gorra y, envolviendo en ella cuidadosamente el enchufe para que los invisibles magos de la técnica no castigasen su osadía con un calambre, lo introducía cuidadosamente en la base.

Se emitía por aquellas fechas (que no podría datar con exactitud, pues pertenecen a ese tiempo de la infancia, paradójicamente dilatado y breve a la vez, que no sabe aún de medidas) una adaptación radiofónica del «Quijote». Desde el primer capítulo se enganchó Lulón a la novela fascinado, y, desafiando los más inclementes rigores de las noches de invierno, acudía invariable y puntualmente a la cita. Dejaba al lado del fogón el saco de gruesa arpillera que, doblando en forma de capucha, le servía de abrigo y cobertura, y se sentaba al lado de la radio, mirándola fijamente, como si adivinara en ella las imágenes y personajes descritos. En silencio, en la vieja cocina caldeada por la leña de carbayo, escuchábamos. Yo, a veces, miraba de soslayo a Lulo, tan alto y enjuto, el pelo cano, la barba de varios días, los grandes ojos negros perdidos en un sueño lejanoÉ Me venía a la mente otra imagen suya, cuando, al volver del trabajo algún atardecer, caballero en su pollina blanca, casi tocando el suelo con la punta de los pies, y pensaba si no podría ser él el Quijote montado en el burro de Sancho. Ahora pienso que era una interesante y curiosa mezcla de ambos personajes. Y pienso también al recordar su actitud de respetuoso silencio, celebrando las escenas más cómicas o los sucesos más grotescos con una risa sin estridencias -él que era inclinado a la carcajada fácil- que intuía desde su escasa formación toda la magnitud y el profundo significado del «Quijote», mejor que algunos críticos de entonces, que lo describían como una simple parodia de las novelas de caballería.

Cuando terminaba el capítulo guardaba todavía Lulón unos momentos de silencio. Y, él que gustaba tener siempre el último dicho ingenioso, sólo acertaba a decir: «Estu de don Quijote sí que ta bien traíu».

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