Abunda argumentos en su articulo ("la sombra de Franco es alargada") a favor de la anulacion de los Consejos de guerra sumarisimos y no duda en calificar a la propuesta de Ley que presenta el gobierno como "vergonzante", sin duda por que atribuye a la justicia valores a los que no siempre ha sido fiel.Lo cierto es que al Gobierno en cierta medida se le ha ido de las manos una propuesta que pretende devolver la dignidad a los perdedores de la guerra civil, (una dignidad que nunca habian perdido, por supuesto) y tambien afecta a algunos casos del bando ganador, con lo que cerrar las heridas de setenta años de desmemoria y acabar con el mito de una transición "tan ejemplar". Y se le ha ido de las manos porque a la negativa, esperada, de la derecha en la oposición, que en buena medida es la heredera sociologica del régimen de Franco, le ha acompañado la de los comunistas de IU y la Esquerra republicana, que estan en la linea de Martín Pallin. Y a pesar de todo seria necesario, como dice Argüelles-Meres en LNE "que dejásemos de ser la historia de una angustia. O, si se quiere, que fuésemos capaces de mirar hacia nuestra historia sin angustia, sin miedo, sin conjuros, oxigenando nuestra conciencia histórica con el viento fresco, nunca airado, de la democracia".
Salud
Historia de una angustia
LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
Con rigor y con dolor y -acaso- temblor, Américo Castro desarrolló en varios libros suyos la tesis de que España era la historia de una angustia. Para ello, se remontaba a un tiempo en que muchos españoles, algunos de ellos entre los más excelsos, como Cervantes y Mateo Alemán, se vieron obligados a mostrar no se sabe bien qué pureza de orígenes, de pensamiento y de obra. Hubo un tiempo, que duró demasiado, en que «este país» se empeñó en ser «una anormalidad histórica». Tiempo que empieza, con lo que Ortega dio en llamar con buen criterio «la tibetización de España». Hubo un tiempo, ya mucho más cercano, de correajes, bigotes y gafas oscuras, que esgrimían, «prietas las filas», el discurso de haber sido víctimas de aquellas terribles «hordas rojas». Con semejante impedimenta y con tan contundente discurso, se conquistaron prebendas sobre el silencio de un vidrio que crujía en las cárceles y en el exilio, también en el exilio interior. Hubo un tiempo, más próximo aún, de antiguos progres de pacotilla, pasados todos por la batidora del París sesentayochista, que adujeron haber sufrido represalias de todo tipo, que se inventaron pasados rojos frente al franquismo, que se autoproclamaron héroes de una lucha que, en la mayor parte de los casos, no fue la suya, que se pusieron la susodicha etiqueta de héroes sin saber ni de lejos qué había escrito Thomas Carlyle al respecto.
Y hay un tiempo, como el presente, en que, de una u otra forma, parece emerger un empeño común en declararse demócrata de toda la vida. Ello, a pesar de quienes fueron entusiastas del régimen de Franco. Ello, a pesar de quienes, como dijimos más arriba, se inventaron un pasado de lucha por la democracia que jamás llevaron a cabo. Ello, a pesar, en el otro lado del espectro, de quienes fueron estalinistas convictos y confesos, llamando «cerdo» a Solzhenitsin. Y ahora resulta que siempre fueron demócratas de pro.
Historia de una angustia. Digámoslo al orteguiano modo. Aquí tiene que haber «conciencia histórica», que no se alcanza negando el pasado, que no se adquiere con la encomienda de considerar revanchista el afán de quienes luchan en pro de que se conozcan los crímenes del franquismo, tanto durante la guerra civil como a lo largo de la dictadura. ¿O es que este país no debe recordar a sus muertos?
Si de anormalidades históricas hablamos, no sé hasta qué punto serán conscientes los detractores de la II República de que lo que aquel Estado significaba era -mutatis mutandis- lo mismo que defendieron los países que resultaron ganadores en la II Guerra Mundial. Conciencia de nuestras «anormalidades» en materia histórica con respecto a la Europa de la que formamos parte.
Por lo demás, sería muy deseable que dejásemos de ser la historia de una angustia. O, si se quiere, que fuésemos capaces de mirar hacia nuestra historia sin angustia, sin miedo, sin conjuros, oxigenando nuestra conciencia histórica con el viento fresco, nunca airado, de la democracia.
















